La única destugurización y renovación urbana duradera es la que promueva la propiedad entre los moradores de casas renovadas en sus barrios. Capitalizarlos de este modo significa incluir legal y financieramente a millones de familias, brindarles una nueva ciudadanía económica y hacer que la ciudad antigua recobre vida. ELIS impulsa el empoderamiento de los moradores antiguos, estimulándolos y capitalizándolos mediante los derechos de propiedad de las futuras casas que ahi se construyan.

EL SUEÑO ESTÁ AQUÍ: IDEAS SOBRE EL ARRAIGO (EN HOMENAJE A SIMONE WEIL)

 

                   
 
 
 
Se dice que los barrios no morirán nunca si aún juegan niños en sus calles, bailan jóvenes en sus salas y asoman macetas con flores recientes de sus ventanas. Es curioso y es cierto. En las quintas del Rímac es inevitable encontrar un niño o niña entrando o saliendo en ropa escolar, sudando por el juego o acompañando seriamente a la mamá en algún quehacer doméstico. Asimismo, son memorables las fiestas juveniles y maratones de salsa, del mismo modo que abundan las macetas “con flores recientes”. Todo ello, pero especialmente lo último, hace del callejón un espacio rejuvenecido y que disimuló su fealdad eficazmente.
 
¿Un clavel, un geranio? En medio de la ruina, prendidas a una pared de ladrillos desnudos, crecen las flores y con ellas el testimonio de la esperanza.
 
Si alguien supo describir la necesidad de pertenencia del ser humano fue Simone Weil (1909 -1943). Esta librepensadora francesa, anarquista, pacifista, revolucionaria, miliciana del lado republicano en la guerra civil española, filósofa, escritora y comprometida hasta la muerte (literalmente) con la resistencia francesa tras la ocupación nazi, fue autora del estudio más mentado sobre las raíces del alma que se haya escrito hasta hoy. Para Weil, las raíces son lazos invisibles pero extremamente fuertes, duraderos, imperecederos. El arraigo explica las dinámicas de las personas, sus reacciones y temores, su capacidad de cambios y de riesgo. Del lugar donde se obtuvo el arraigo esencial provienen las respuestas a preguntas básicas sobre la persona y sus valores: ¿esa persona es leal, es corajuda, voluble, temerosa, volcada al esfuerzo, adaptable al cambio? Decía: “Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Es una de las más difíciles de definir. Un ser humano tiene una raíz en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos de futuro. Participación natural, esto es, inducida automáticamente por el lugar, el nacimiento, la profesión, el entorno. El ser humano tiene necesidad de tener múltiples raíces, de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual en los medios de que forma parte naturalmente”.
 
Ahora: ¿existen raíces en los barrios tugurizados? Claro que sí. En las mentes y almas de las personas que moran en los tugurios subyacen razones poderosas para permanecer en los barrios antiguos. La más importante de ellas ya se mencionó: el vecino pertenece ahí. Los centros históricos son pozos de identidad. Y si se trata de una capital que fue o sigue siendo de una república, como Lima, los barrios céntricos constituyen el punto de referencia del país entero. Simbolizan su pasado, explican su presente y avizoran su futuro.
 
Las razones para permanecer viviendo terca y reciamente, conscientemente, dentro de casas que se caen en barrios que se arruinan, es algo explicable. La paradoja de querer permanecer donde se sabe inseguro, intoxicado, incómodo y hasta degradado, tiene razones muchas veces poderosas. La del “arraigo esencial” es la más importante: no me voy porque nací ahí y mis hijos también, mi infancia y la de ellos transitó en esas memorables calles y quintas; mi educación y la de ellos transcurrió en las fiestas paganas y religiosas que se organizaban en el barrio en riguroso cumplimiento de un cronograma anual, entre el aroma de los sahumerios y el dulce de la melcocha; pertenezco aquí y mis señas de identidad tienen sus referencias en este suelo.
 
Eric Hobsbawm, el historiador inglés nacido en Alejandría, ante la visión de los cientos de irlandeses atisbando la bahía de Nueva York desde la proa del barco que los acababa de trasladar de Belfast, reflexionaba que los migrantes llevaban en sus maletas varios pedazos de arraigo e identidad de sus sociedades de origen que luego reproducirían ahí donde terminaban afincados. El arraigo a la sociedad de origen es algo que no cede así nomás. Entonces, si los migrantes no dejaron nunca de ser parte cierta de algún sitio lejano, ¿qué podrá decirse de quienes no dejaron sus barrios y ciudades, manteniéndose, más bien, en ellos con viva fuerza, como la gente del Rímac?
 
Los tugurios no arraigan, los escondrijos no anclan; sí lo hace el barrio y la ciudad antigua, el poder de su historia y el de su gravitación en las mentes y corazones de la gente. La lógica de la tugurización de los barrios antiguos no sigue la de la diáspora que sobrecogió a quienes migraron en el pasado buscando un mejor destino. El exilio y la huida son actos de expulsión que sufre alguien por razones que escapan a su deseo y a sus fuerzas. Dejar su casa, su lugar de origen o de adopción, su patria, no es algo que la gente haga de común cuando se encuentra inserto y arraigado en ella. Para los vecinos del barrio tugurizado histórico no existe ningún sueño americano en ningún otro barrio nuevo de la ciudad. En El Rímac, Barrios Altos, Boa Vista o Trujillo no ha habido expulsión del espacio identitario. Por el contrario. Se existe y se pertenece a ellos y en ellos. El recuerdo y la presencia del pasado son demasiado fuertes. Tanto como para adormecer al estrés del presente. En los barrios antiguos los rasgos identitarios permanecen, no han hecho explosión y las familias que los cultivan siguen vivas y vigentes debajo de la ruina física.
 
 
 
Horacio Gago Prialé 
 
Presidente de ELIS