La única destugurización y renovación urbana duradera es la que promueva la propiedad entre los moradores de casas renovadas en sus barrios. Capitalizarlos de este modo significa incluir legal y financieramente a millones de familias, brindarles una nueva ciudadanía económica y hacer que la ciudad antigua recobre vida. ELIS impulsa el empoderamiento de los moradores antiguos, estimulándolos y capitalizándolos mediante los derechos de propiedad de las futuras casas que ahi se construyan.

LA CIUDAD DE JANE JACOBS

 

                   
 
 
 
La ciudad es un cuerpo vivo. No un cuerpo biológico vivo, sino un cuerpo social que tiene vida social. Un cuerpo que obedece a un orden con tres ejes: espacio privado, espacio ajeno y espacio de todos. Esa es la idea de vida que gustaba a la urbanista canadiense Jane Jacobs (1916 – 2006), autora de culto en temas de ciudad y defensora de la diversidad urbana. 
 
Jacobs defendía la naturaleza dinámica, bullanguera, comercial, repleta de atractivos y pequeños emprendimientos que se podía encontrar en los barrios antiguos de las ciudades norteamericanas antes de la ola planificadora de la segunda mitad del siglo pasado. Con la misma fuerza con la que criticaba los conjuntos habitacionales que promovían las grandes urbanizadoras, repletos de concreto y soledad, la autora afirmaba que “las grandes ciudades eran generadoras naturales de diversidad e incubadoras prolíficas de nuevas empresas e ideas de todo tipo, espacios naturales donde germinaba un inmenso número y tipo de pequeñas empresas”. “¿Ciudad saludable?” se preguntaba: “solamente puede serlo aquella que sea orgánica, espontánea y azarosa”.

En el 2001 Jacobs vaticinaría que en el futuro “crecerían vigorosamente únicamente las ciudades que admitieran diversidad humana y las que convoquen a su vez otras diversidades como la económica y la arquitectural… Las altas concentraciones humanas y apreciable densidad demográfica, sin llegar al hacinamiento, son condiciones necesarias para el florecimiento de la urbe”, decía. En ese mismo tono, lo que distingue a la ciudad es que la vida humana en ese triple espacio aprecia sumamente la proximidad y la diversidad. En la ciudad es vital la coexistencia de muchos y varios emprendimientos, y es esencial la interactividad entre las personas que participan de ese triple espacio. El valor que las mentes de las personas atribuyan al espacio que ocupan en la ciudad será grande o reducido dependiendo de cómo se inserta ese espacio en un esquema de proximidad. En suma: en la ciudad pulula la vida humana, comercial, social, cultural y la proximidad de las relaciones humanas agregan valor a los espacios públicos y privados.

Jacobs no pensaba en la paradoja del deterioro de la infravivienda y la ruina arquitectónica, a la par de la vitalidad que se resiste a desaparecer del Rímac. Pero su forma de comprender las ciudades a partir de su vitalidad y no de su materia inerte resultan de enorme utilidad en el momento de analizar el problema de los tugurios y sus potencialidades inherentes. Por las venas de ese cuerpo social, ahí donde florece la vida a pesar del deterioro, donde se asienta el sentido de pertenencia y se revaloriza la cultura de los pueblos, corre un tipo de fluido social: el derecho.

“Es el derecho vivo” decía Joaquín Costa; son los hechos jurídicos, las relaciones que hacen posible que las personas alcancen en el triple (privado, ajeno y común) propósitos individuales o comunes. Y sin embargo, para lograr esta armonización tiene que haber una condición previa: que las personas, asistidas por el Estado para formalizar y dar seguridad, decidan y garanticen la propiedad de las cosas y de los espacios en base a acuerdos con los demás.

Pero sucede que en la ciudad tugurizada y en el viejo barrio, llenos de vida y bullentes de relaciones, no hay claridad sobre qué pertenece a quién. La posesión de los moradores es tan larga: una, dos tres generaciones, y la ausencia de los dueños, sus hijos o nietos, tan extensa también, que nadie sabe a ciencia cierta si la propiedad les sigue correspondiendo a ellos o a quién. Hasta los antiguos encargados de cobrar las rentas, que antes visitaban las quintas para reclamar los pagos, dejaron de hacerlo hace tiempo. Murieron o caducaron las autorizaciones con las que antes cobraban. Nadie los ha reemplazado. Los datos que se encuentran en los registros públicos sobre la propiedad se encuentran tan desfasados, incompletos e inexactos, que las relaciones que las personas quieren y deben desarrollar sobre esas casas no prosperan ni pueden concretarse. El resultado es la tugurización: el desplome, la ruina, el abandono, el gueto, una ciudad con vida y espacios, pero sin derecho integrado.

 

 

Horacio Gago Prialé 
 
Presidente de ELIS